La Escuela de María el Maestro


Llama la atención que atribuyamos la escuela a una maestra y que tengamos que aclarar, a continuación, que eran tres hermanas las que trabajaban como maestras en dicha escuela: Antonia, Concha y María. Pues así fue en la realidad: tres maestras y a una era a la que todo el pueblo la reconocía espontáneamente como titular.

 

El padre de estas tres hermanas –Don Rafael Vega Montes- había sido maestro de enseñanza pública en el pueblo, y él les infundiría el respeto y amor a la enseñanza que impartían las tres hijas en su casa. En esta familia, por tanto, el padre era maestro de enseñanza pública, y sus tres hijas de enseñanza privada. Era el mismo servicio impartido con categoría distinta y con diferente preparación.

 

Esta escuela estaba situada en la carretera, al lado del bar de Julio Padial y en frente del de Pepe Pedrosa. Equidistante entre los álamos y la choza. Ambos extremos tenían un sentido distinto al de ahora. Con los álamos empezaba prácticamente el campo, igual que también ocurría con la choza.

 

La carretera era lugar privilegiado para una escuela: Antes y después de la escuela los alumnos tenían sus tertulias. Aquellos ratos en las tardes de la carretera facilitaban vencer la timidez a la hora de entrar en la escuela, y se empezaba con alegría a aprender todo lo que explicara la maestra.

 

Una atmósfera muy humana envolvía el ambiente donde se impartía la enseñanza escolar: Don Rafael Vega, el padre de las maestras, andaba por su casa, sin intervenir en las preguntas y en las explicaciones que constituían el acto docente; pero, como todo hombre interesado por el saber, ponía en alerta a todos los que en su casa estaban aprendiendo.

 

También estaba presente Antonio Castillo, el esposo de María. Su presencia no sería una llamada a la atención y al aprendizaje, sino una invitación a la calma y a la paz, cualidades que acompañan a quienes enseñan y a quienes aprenden, y que las suelen disfrutar quienes llegan a la sencillez de la vida.

 

Y como suele ocurrir siempre, hemos olvidado la presencia de la niña, la hija de María y Antonio que, como niña, humaniza y distiende la vida de los mayores. Quien iba a este centro estaba invitado a aprenderlo todo, y a hacerlo como un trabajo distendido y feliz. Esta escuela tan sencilla fue una oportunidad para quienes, por aquellos años, andaban comprometidos con el aprendizaje de los conocimientos más básicos.

 

La actividad de esta Escuela duró muchos años. Sólo interrumpida por las propias enfermedades, o por las ocupaciones del campo, o por las fiestas más señaladas: las de san Antonio, o algunos de los días de la Pascua de Navidad.

 

Existía entre los alumnos de esta enseñanza privada otro fenómeno muy curioso, digno de ser señalado: estaban todos muy curiosos por saber de la vida de los diferentes maestros particulares de Vélez, de sus propios conocimientos, de cuánto sabían y de lo bien que lo transmitían. En familia y en el campo existía una verdadera competición por su maestro.

 

Estos alumnos eran fieles a su compromiso escolar, mientras ellos consideraban que necesitaban de su aportación. Daba la impresión de que existiera una alerta dentro del alumno, por la que comprendían que su aspiración de nuevos conocimientos, estaba satisfecha, y el paso siguiente era el abandono de la escuela. Ellos, de la noche a la mañana, la dejaban sin periodo o curso preestablecido.

 

Por mucho tiempo estuvo presente en Vélez el recuerdo cariñoso de la escuela de María la del maestro: El cariño a las tres maestras y la gratitud por los conocimientos que pusieron al alcance de los alumnos durante muchos cursos y reemplazos que acudieron a esta fuente de aprendizaje.

 

Texto escrito por D.Manuel Hódar Maldonado y Cedido por D.Paulino Martín