D.Alberto Pedrosa


TODA SU VIDA DEDICADO A LA IGLESIA DE VÉLEZ

Desde su nacimiento, a finales del siglo XIX, hasta su muerte, ocurrida en los primeros años del decenio de 1960, vivió en la misma casa, heredada de sus padres, situada al principio de la calle del Estanco, enfrente del pilar de san Antonio. Vivía con su hermana, de nombre Pura, también soltera como él.

Cuando Pura murió Alberto quedó solo. En el velatorio de Pura muchas de las personas presentes expresaban abiertamente su preocupación, con palabras o con gestos de lástima, por la dura soledad que le esperaba a Alberto sin la compañía de su hermana. Pero la vida siguió y él vivió muchos años después, en su casa de siempre y en su trabajo. Algún familiar estuvo cerca de él.

De niño formó parte de la banda de música de Vélez que, según decían, había sido muy importante. Pronto fue sacristán de la iglesia. El nombre de este oficio se fundió de tal manera en su persona que para los del pueblo decir Alberto equivalía a sacristán.

Alberto simultaneó dos trabajos: fue zapatero mientras pudo y la gente le llevó calzado para reparar, pero sobre todo fue sacristán, que lo ejerció hasta su muerte.

Era sordo. Muy sordo. No oía nada, aunque se le gritara. Era necesario ponerse delante de sus ojos, y aun así la comunicación era por señas. Seguramente que oiría cuando empezó a ejercer como sacristán, porque cantaba en todos los oficios litúrgicos de difuntos, como si tuviera aptos sus oídos.

¡Qué grado tan grande de asimilación alcanzó el pueblo con el latín de Alberto, pues era muy raro que alguno de los presentes se riera al oírlo cantar! Sus cantos, como toda la liturgia de entonces, eran en latín. ¡Qué cantos ¡¡Qué latín! El pueblo estaba acostumbrado. Si alguno quería imitarlo, al tono que le daba Alberto al canto le ponía palabras españolas, pues su latín no se podía reproducir.

Texto escrito por D.Manuel Hódar Maldonado, Cedido por D.Paulino Martín